Hace ya demasiados años hice un viaje por Tailandia un poco en plan mochilero con OSDE. Entre las atracciones que recomendaba la Lonely Planet, estaba la de ir a charlar, creo que los jueves, con los monjes budistas del templo de Wat Pho en Bangkok. Allí fui pensando descubrir alguna verdad esencial sobre la vida. Lo que encontré, sin embargo, fueron unos muy sonrientes y amables niños grandes, que de tanto practicar el “no pensar” carecían de mucho interés y repetían puras obviedades. Llegué a la conclusión (exagerada sin dudas) de que el budismo proponía alcanzar el nirvana mediante el proceso de convertirse en un plácido animal rumiante, que mira tranquilamente al horizonte con la actividad cerebral en encefalograma plano.
Emmanuel Carrère es un muy buen, incluso, un gran escritor como lo atestigua su libro Yoga (Anagrama, 2024). Y ahí está posiblemente su mayor problema. Desde la modernidad, con el triunfo del racionalismo y del individualismo, ser artista es posiblemente la actividad más narcisista, más centrada en el ego propio que puede haber. “Pienso luego existo” es el lema. Entonces lo que no piensa (un budista, por ejemplo) no existe. Antes no era necesariamente así: casi nadie sabe quiénes construyeron las catedrales medievales, unas de las cumbres del arte universal. El fin era alabar a Dios, no a uno mismo.
Insisto, yo no sé casi nada de budismo. Sé algo más sobre el estoicismo, tan de moda ahora y que es la versión greco-romana, i.e., occidental, de las filosofías orientales previas, incluido el budismo. En alguna época “Cartas a Lucilio” fue uno de mis libros de cabecera. Sin embargo, Séneca, lejos de llevar una vida zen alejada de las pasiones, se metió en todas intrigas y conspiraciones de su época hasta que tuvo que suicidarse por orden de Nerón. Otro tanto le sucedió a Cicerón; Marco Aurelio se pasó media vida guerreando y murió en plena campaña contra los bárbaros cerca de Viena, etc. Es decir, pareciera que la aspiración de erradicar las pasiones no funciona, especialmente, cuando uno decide al mismo tiempo pensar, participar, involucrarse, tomar partidos, en definitiva, vivir activamente. A fin de no resignar su gran esperanza, Carrère está incluso dispuesto a aceptar que el que no funciona es él y no el método, y afirma con cierta ternura: “el yoga no tiene nada que ver, el problema soy yo” (Yoga, p. 285).
La meditación y la escritura son dos actividades introspectivas, ensimismadas, que cavan hacia adentro. Pareciera que falta un segundo paso, hacia afuera, hacia el mundo, hacia los otros y la comunidad. El propio Carrère lo intuye por momentos: es, por ejemplo, cuando describe cómo enseña Taichí a Hamid, un refugiado afgano, en la isla griega de Leros (Yoga, p. 282). Dar, hacia afuera. O cuando cuenta la historia del encuentro con un lobo durante un viaje a Canadá, uno de los capítulos más brillantes y memorables del libro (p. 122-126). Viajar es también, por definición, salir hacia afuera. En definitiva, todo consistiría en, como diría Pappo, “buscarse un trabajo digno” y hacer desde ahí un aporte a la comunidad. Carrère, sin duda, tiene ese oficio útil. Yoga es la prueba. Debería bastar.
Emmanuel Carrère (París, 1957) es autor de ocho celebradas novelas de no ficción: El adversario; Una novela rusa; De vidas ajenas (el mejor libro del año según la prensa cultural francesa); Limónov (Prix des Prix a la mejor novela francesa, Premio Renaudot); El Reino (mejor libro del año según la revista Lire); Yoga: (“Un libro fuerte, instintivo y vertiginoso sobre la dura profesión de vivir”, La Razón); V13; y Koljós. En 2021 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras en reconocimiento al conjunto de su obra.
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Pablo Sylvester